LOS CAMBIOS DE MARTINA | Aviso por destino (Cap. 7)

―¡Cómo te vea que te subes a la moto de alguien, te pego una colleja que te enteras! ―explosionó su madre, atemorizada de que Martina hiciera de nuevo una de las suyas.

Su madre sabía perfectamente que su hija era muy impulsiva y que con ese impulso se dejaba llevar por todo aquello que tuviera como nombre: «velocidad». En alguna ocasión Martina se había subido a la moto de su amiga María para dar una pequeña vuelta con tan mala suerte o buena suerte, según se mire, que su madre la había pillado.

―-Pero mamá… soy una buena chica…

―¡Eso lo dirás por la cara que tienes, que no tienes ni vergüenza, ni la conoces… pero Martina, espero que te quede bien clarito! Como te vea subir a una moto se te cae el pelo, ya me encargaré yo junto con tu padre de raparte la cabeza, ¡espero no tener que repetírtelo!

Martina agachó la cabeza de nuevo entre sus libros. De repente al mirar sobre la ventana vio a Sabio llegar. El pájaro se posó sobre uno de sus libros y empezó a hablarle:

―Martina, deberías hacerle caso a tu madre. Ya que ella solo quiere que tú seas feliz y que no te estrelles por ahí. A tu edad se es un tanto inconsciente y es posible que te pueda pasar algo por ser imprudente. Sólo he venido para avisarte, dentro de poco sabrás que no soy el único que piensa así.

Martina se quedó callada durante un largo periodo de tiempo. En realidad se asustó. Por un lado su madre «no te subas a una moto», ahora llega Sabio y le aconseja también que no lo haga. ¿Qué estaría pasando?

Su gran sorpresa fue cuando llegó esa tarde a ver a Alan. Una moto radiante la esperaba en la esquina de casa y junto a ella su novio. Se lanzó a sus brazos como una colegiala. Alan no se negó a sus besos.

―¿Pero cuándo te has comprado esta moto tan guapa?

―Te tenía reservada la sorpresa, pero sólo para que la vieras, porque te recuerdo que tus padres no te dejan subir. Me la han regalado mis padres por mi cumpleaños. Yo es que me curro que me regalen estas cosas ¿sabes? Soy un buen hijo.

El tono de Alan era divertido y vacilón. Martina aprovechó la ocasión para convencerlo.

―Pero Alan… por favor… sólo una vuelta… por fa…

Alan se le quedó mirando fijamente a los ojos y cogiéndole la cara entre sus manos le dijo: ―Martina, mi cielo, no voy a permitir que subas sin el consentimiento de tus padres, te quiero tanto que no quisiera perderte y si tus padres se enteran nunca me lo perdonarán. Debes entenderlo. Martina le devolvió la mirada con lágrimas en los ojos, mientras agachaba la cabeza con gesto de resignación mientras pensaba: ahora comprendo lo que Sabio me quiso decir.

Artículo realizado por:

Alicia Catalá Seguí

Doctora en Ciencias de la Psicología y Directora del Centro Evaluador de la Personalidad.

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