LOS CAMBIOS DE MARTINA | Mentiras con consecuencias (Cap. 9)

Martina despertó en el hospital. No daba crédito a que su pierna estuviera escayolada. Cuando giró la vista allí estaban sus padres y a su lado a las tres mejores amigas que tenía. Faltaba Alan. Hacía un año que a Claudia le había pasado lo mismo que a Martina. Había tenido un accidente de moto. Allí estaban todas para apoyarla en lo que necesitara. Principalmente para que su madre no terminara de matarla. Había cometido un grave error. Le prometió a su madre que no se subiría en la moto. Sin embargo, se empeñó y se empeñó hasta que convenció a Alan una tarde para dar sólo una vuelta pequeña despacito.

Alan se encontraba en la habitación de al lado. Había salido peor parado. Estaba inconsciente. Todo había ocurrido muy rápido. En la primera rotonda alguien no cedió el paso y se los llevó por delante. A penas  habían pasado cinco minutos y apareció la desdicha.

El hermano de Alan apareció en escena, acababa de salir de la habitación de su hermano que empezaba a despertar. Los médicos les habían comunicado que todo iría bien, que simplemente tenía una conmoción y que no se había roto nada, que era cuestión de un poco de tiempo y que había sido más un susto que otra cosa. En realidad no había sido culpa de ellos. Sin embargo lo importante es que Martina había desobedecido y ahora Alan quedaba como un inconsciente ante los padres de ella.

―¿Dónde está Alan?, por favor… ¿dónde está?

―Tranquilízate. Alan está bien.

La voz de su madre calmó a Martina.

―¿Por qué has hecho esto Martina? ¿Qué pretendes…matarnos a disgustos?

El padre miró a la madre como indicándole que callara que no era el momento.

―Hablaremos en casa Martina. No pienses que esto se va a quedar así. Sólo agradezco que no te haya pasado nada, que estés viva…pero hija…sé que no ha sido culpa vuestra… no podría soportarlo Martina…no debes engañarme nunca más.

―Mamá, estoy avergonzada. A veces pienso que con todo lo que creo que soy, no soy nada. Alan no tuvo nada que ver. Yo me empeñé en ir en moto y no paré hasta convencerlo.

­―No lo excuses que él también es culpable. Porque tenía que haberte dicho que no y no lo hizo. Sólo con que se hubiera negado ahora no estaríais aquí y da gracias a que al chico tampoco le ha pasado gran cosa.

Las lágrimas de Martina daban muestras de su estado. No podía parar de llorar. El arrepentimiento cada vez era mayor. Se sumergió en un dolor profundo y se mantuvo en silencio durante un largo rato.

Cuando llegaron a casa y se tumbó en la cama se puso a pensar: “No puedo más. Sabio por Dios háblame. Te necesito. No me dejes sola en estos momentos”

Sabio apareció por la ventana que Martina había dejado abierta por si venía a visitarla.

―De todo se aprende Martina. Como puedes ver esto es simplemente un aviso y una oportunidad en la vida para que veas que puedes cambiar. Sé que has cambiado mucho pero que estás en ello. El pobre Alan se ha pegado un susto de muerte y me imagino que tú también. Ahora es cuestión de un tiempo con la escayola. Vamos a ver si eres capaz de ser una buena paciente y no discutir con los de tu casa. Cuando tengas que pedir que te traigan algo hazlo con un “por favor” por delante y detrás un “gracias” que parece que se te olvida que forma parte de la educación.

―¿No tienes nada más que decirme?

―De momento creo que tienes bastante. Te voy a dejar reflexionar sobre tu inconsciencia y mañana hablaremos más profundamente.

Artículo realizado por:

Alicia Catalá Seguí

Doctora en Ciencias de la Psicología y Directora del Centro Evaluador de la Personalidad.

Deja un comentario