SECRETOS DEL ALMA | Querida Mamá

Música cortesía de: Fernan Birdy/Relax Music

El aspecto de Ángela era el de una joven de 16 años con la cabeza inclinada hacia el pecho como si sintiera una mezcla de vergüenza y enfado. Miraba al suelo. Parte de su rizada melena le cubría la cara por la posición. A su lado, su madre.

—Buenas tardes Ángela, me imagino lo incómoda que te sientes. Pienso que yo estaría igual que tu. De repente te ves en un despacho con tu madre y una desconocida que es psicoterapeuta y que te han dicho que hay que ir para hablar.

Ángela levantó la mirada y sonrió.

—Puedo ofrecerte una infusión. Verás que poco a poco te vas sintiendo cómoda. Mi misión es crear un puente entre tu madre y tú. Al parecer habláis idiomas emocionales diferentes. ¿Piensas que no te entiende?

La madre de Ángela permanecía expectante y en silencio. La psicoterapeuta le había informado que, hasta que ella no le diera paso, debería permanecer escuchando y sin intervenir.

—Mi madre no me entiende nada. Pero lo que es nada multiplicado por mil. No sé qué hago aquí. Yo no estoy loca.

—Aquí viene la gente que necesita despertar, ver la vida desde otro prisma. Gente que necesita que alguien le ayude a entender por qué su vida está siendo tan complicada y qué puede hacer para vivir mejor.

—Ah, pues entonces he venido al sitio indicado. Mi madre me hace la vida complicada.

— ¿Qué hace ella para complicártela?

—No me deja en paz. Siempre detrás de mí intentando averiguar mi vida. No me deja poner la tele comiendo. No me deja que llegue un poco más tarde a casa. Me persigue para que haga la cama. Me riñe si me maquillo, si me pongo falda corta. Si… me pasaría el tiempo diciendo si… si… A ver si tu puedes hacerla entrar en razón que ya no soy una niña.

— ¿Cómo es tu cuarto?

— ¿Mi cuarto? Pues normal ¿Por qué?

—En psicología decimos que la habitación de una persona representa su mente.

—Pues entonces mi mente está hecha un desastre porque así es como está mi habitación. Yo creo que si mi madre no me insistiera tanto yo la tendría arreglada. Pero a ver… ¿por qué tengo que hacer la cama si la voy a volver a deshacer por la noche cuando me acueste? Es que no lo entiendo. ¿Qué le pasa a mi ropa si está en la silla? ¿Por qué tiene que estar todo en su sitio?

—Vamos a preguntarle a tu madre por qué quiere que esté todo en su sitio.

La psicoterapeuta dio paso a la madre que estaba en silencio con los ojos tremendamente abiertos en gesto de asombro. Y con voz pausada respondió mirando a su hija:

—Bueno… no creo que sea pedir mucho que se cumplan unas normas en casa. No puedes llegar a casa y que te lo hagan todo, que lo tengas todo y tú no dar nada a cambio. Me parece una falta de respeto impresionante el que no colabores y sigas unas normas. Y tiene que estar todo en su sitio porque es la única forma de que haya un orden en nuestras vidas. Ah, y eso de que intento averiguar tu vida… ¡faltaría más! ¡Pues claro que intento averiguar tu vida… quiero saber qué hace mi hija, con quien va y de qué va! Para poder ayudarla si tiene problemas, para poder protegerla si ella no se da cuenta de los líos donde se puede meter y sobre todo porque quiero a mi hija, si no… te aseguro que me importaría tres rábanos lo que hicieras.

Ángela se quedó impactada de la reacción de su madre e intentó controlar las lágrimas que empezaban a formarse.

—Pero mamá… ¡es que no puedo vivir con tanto control!

— ¿A qué le llamas control? —preguntó su madre con los ojos todavía más abiertos que antes. — ¿Control es que te diga que arregles tu cuarto, que recojas las cosas en el aseo cuando has terminado de ducharte, que te ponga un horario de llegada a casa y que te pida que colabores en la cocina y en la casa? ¿Control es que te pida que cumplas un horario de estudio y que te planifiques? ¿Es eso control?

— ¡Pues sí! Es que estoy harta, no puedo hacer absolutamente nada que no supervises. A la hora de comer ni siquiera puedo ver un poco la tele, tenemos que estar hablando. Bueno… hablando… lo que se dice hablar… si hablar es que tú haces las preguntas y yo las contesto… Mamá eso no es ni tan siquiera una conversación, es un interrogatorio. Solo me falta que me pongas el foco de luz en toda la cara.

En este momento intervino la psicoterapeuta que había permanecido en silencio observando cómo madre e hija intentaban comunicarse.

—Una buena comunicación entre madre e hija es aquella donde cada una expone lo que piensa sobre algo o cuenta algún suceso del día, pero lo cuentan las dos. Referente a no ver la tele podríais llegar a un acuerdo que os beneficie mutuamente. Un día hay tele y otro día charla. De esta forma las dos ganáis. Ángela, dale la oportunidad a tu madre de poder entrar en tu mundo, ten paciencia que ella la tiene contigo. Tu madre ha sabido exponerte muy acertadamente los motivos por los que es necesario un orden en casa, unas normas que cumplir y un método para poder vivir de una forma más cómoda para todos. Debes contribuir al bienestar familiar. Debes cumplir con las normas establecidas. Estos son los límites que los padres debemos marcaros. Imagina que vas por una carretera de noche y no hay líneas de marcación, esas líneas blancas reflectantes que están en el suelo. ¿Qué crees que sucedería?

—Que caería por uno de los lados de la carretera. Vale, comprendo… se trata de ponerme unos límites para que no me salga de mi camino, ¿no? Y que proteste menos por lo que veo.

—Efectivamente, de eso se trata. De que descubras la vida poco a poco, pero siempre teniendo a tus padres de respaldo, es importante que cuentes con ellos. Necesitas organizarte y colaborar, de esta forma todo fluye.

—Ya, parece fácil. Pero ella también tiene que ceder en algo que parece un sargento. Si tu vinieras a mi casa verías… hasta se puede comer en el suelo, yo creo que mi madre limpia sobre limpio. No es muy normal que esté todo tan organizado y desinfectado.

— ¿Tú crees que tu madre es feliz así, limpiando y organizando?

—Sí, la veo muy feliz haciéndolo.

—Bien. Vamos a preguntarle qué siente cuando organiza y limpia la casa al margen de trabajar también de cajera en el supermercado.

La madre de Ángela volvió a mirar de forma sorprendida a su hija y firmemente contesto a la pregunta.

—Cuando las cosas en casa están en su sitio, me siento muy bien, pero si no lo están por cualquier circunstancia no me pasa nada. Cuidar de la casa, de todo lo que rodea mi vida incluidos tu padre y tú, para mí es la clave de una buena vida, la vida que yo quise tener desde que era niña y que en mi casa no me dejaban porque era un auténtico caos, quizás este sea el motivo de mi impaciencia. Pienso que la limpieza y el orden es una responsabilidad que debemos cumplir a diario, es un compromiso en el que debemos participar todos y que es un acto que nos fortalece en todos los sentidos. Si me paso contigo diciéndotelo es porque no consigo que comprendas qué siento cuando no me haces caso.

—Mamá, es que nunca me lo habías explicado así. Vale, de acuerdo… pactemos, hablemos… pero lo ponemos por escrito que luego salimos de aquí y no nos acordamos de nada y vuelta a empezar.

La psicoterapeuta cerró suavemente su carpeta y cruzó sus brazos cómodamente mientras madre e hija iban descubriendo el poder de la comunicación. Sólo intervino para recordarles que la familia es como una gran empresa que debe aprender a negociar ideas, reunirse para expresar opiniones, dialogar para conocerse y apoyarse, aceptar las normas para que, esta empresa que forma un equipo, nunca cierre”.

Artículo realizado por:

Alicia Catalá Seguí

Doctora en Ciencias de la Psicología y Directora del Centro Evaluador de la Personalidad.

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